El domingo 22 de noviembre Argentina eligió a Mauricio
Macri para dirigir sus destinos en el periodo 2016-2019, tras vencer al
candidato del partido gobernante, Daniel Scioli, por una diferencia del 3% de
los votos, en una segunda vuelta inédita en el país. Esta elección es histórica
dado que por primera vez en más de 30 años el país
sudamericano eligió como presidente a un no
peronista (el último había sido Raúl Alfonsín). Los argentinos
votaron por Macri no necesariamente porque estuvieran convencidos de su
plataforma política, sino por voto de castigo contra el gobierno de Cristina Kirchner,
marcado por los excesos y los escándalos.
Razones sobran: inflación anual superior al 20%, magros
crecimientos del Producto Interno Bruto (PIB) en la última década, una tasa de
desempleo de casi 6% anual, así como crecientes casos corrupción en el gobierno.
Pese al gris pronóstico en el corto plazo, dentro de tres años Argentina puede
repuntar. La firma Capital Economics
espera que la economía retorne a un crecimiento de entre 3.0 y 3.5% del PIB en
2018, bajo una sensata política económica que recupere la confianza de los
mercados.
Si bien los primeros 100 días de gobierno serán
fundamentales, el margen de maniobra es reducido. Macri tomará posesión el 10
de diciembre enfrentando no solo desafíos económicos, sino políticos: gobernar con
un implacable peronismo opositor y un Congreso dividido. Lo anterior se antoja
difícil sin un pacto entre peronistas, kirchneristas y los nuevos macristas.
Paradójicamente, la falta de carisma y el bajo perfil de Macri pueden ser un
activo en este complejo proceso de negociación.
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